Izaskun Chinchilla

Arquitecta

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Y empezó la revolución

Izaskun y sus compañeros representaron un cambio radical y necesario del modelo preestablecido en la arquitectura del momento.

“Estudié arquitectura en la escuela pública y disfrute un montón, y no solo me refiero a las fantásticas relaciones con los compañeros. Recuerdo esos trabajos que teníamos que hacer a mano, trabajos que exigía una dedicación de 48 horas, que hacíamos escuchando la cadena de Arquitectura en la radio…También tuve maravillosas experiencias con profesores; allí conocí el que ha sido uno de mis grandes amigos, mentores, casi un segundo padre para mí, Andrés Perea. Pero también ahí pensaba de forma radicalmente diferente a mis profesores. Queríamos, mis compañeros y yo, hacerlo todo diferente. Como con mi madre, al principio pensaban que se nos pasaría, pero empezamos a revolucionarlo todo”.

Y no es, precisamente, que la Arquitectura le hiciera ascos a la revolución. “En aquella época nos enseñaban que la buena arquitectura debía diferenciarse, y que la base de esa diferencia era que el concepto y la idea del diseño tenían que ser únicos y que se ha de expresar la idea con contundencia; ya en tercero de carrera hablaba de ecología con mis profesores, cuando nadie sabía nada del tema”. Pero la verdadera lucha vino cuando, ya convertida en una joven e inconformista arquitecta, empezó a defender su visión. “Defendía la legitimidad de la ‘criatura’, y sufrí ataques de una enorme agresividad al incorporarme al ejercicio profesional, especialmente por parte de mis propios compañeros. Yo creo que se sentían amenazados por el cambio de modelo de la arquitectura del momento. Los jóvenes representábamos una ruptura, muchos dramas profesionales entre gente con una concepción totalmente desfasada de la arquitectura. Éramos una clara amenaza porque empezamos a trabajar muy pronto diciendo verdades, trabajando con presupuestos muy pequeños y, gracias al ordenador, con mayor autonomía”.

Una de las claves de esta diferencia era presupuestaria, de costes. “Antes un arquitecto no podía empezar a trabajar si el cliente no tenía el dinero suficiente, pero ahora nosotros conseguíamos hacerle una oferta por mucho menos. En nuestro esquema, lo imprescindible es la voluntad de hacerlo. Si eso existe, pues ya lo montaremos, tirando mucho de reutilización”. El segundo punto diferenciador para Izaskun es la expresión, donde intentan sus compañeros y ella, captar la agenda estética del cliente. “El cliente, para nosotros, no es solo consumidor, sino también productor. Esa visión nos ha llevado a introducir elementos estéticos que les hagan sentir más cómodos y que estaban prohibidos académicamente. Es la ‘estética expandida’ al modo de Leroy Gorham, que se aleja mucho del purismo”.

Ya solo eso enfrentaba radicalmente a la joven arquitecta con una profesión que, en la carrera “te enseña a amar la industrialización”. Izaskun, por el contrario, opina que hay que ser muy crítica con este fenómeno que ha creado “muchísimas necesidades absurdas” y que ha llevado hacer por ejemplo, ciudades pensadas para el coche y no al revés.“No es que defienda una vuelta romántica al pasado, aunque en algunos aspectos de mi vida sí lo hago, pero creo que hay que revisar este fenómeno, esta industrialización. Es la negación de un modelo, del de esa mujer que se hacía sus propios vestidos. Es una vuelta a la estética, al replanteamiento estético de que se deja, o más bien se devuelve la parte final de la cadena de producción al propio consumidor. Me recuerda a cuando mis profesores ponían el ejemplo de un ama de casa que se hace construir una barandilla “porque no sabe nada”. Pues no, claro que sabe; el ama de casa sabe lo que quiere y lo que le gusta”.

En este sentido, Izaskun recuerda un encargo, un patio de juegos para adolescentes. “Hicimos estudios con ellos. Por supuesto, la arquitectura les es indiferente, ni siquiera te saben decir de qué color es la teja de una catedral que han visto miles de veces, pero si recuerdan las vivencias a su alrededor”.

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“El tacón te lo pones si quieres”

El ambiente de contraste ideológico que Izaskun vivió en su juventud, le hizo crecer aceptando y mimando las diferencias.

La “incertidumbre positiva”, es a lo que Izaskun se refiere cuando habla del eje de su vida como arquitecta, pero también la actitud que ayudó a su madre a criar y a vivir con tres hijos radicalmente diferentes en casa, aceptándolos como son, y creando poco a poco una relación basada en reivindicar la diferencia, pero siempre explicándola y tratándola con afecto.

“Tengo un hermano pequeño, nueve años menor que yo -una diferencia importante-, con el que jugué muchísimo de pequeña. Trabaja en radio y es una persona muy inteligente, es una delicia hablar con él de política, aunque pensemos de forma completamente diferente. De entrada, no lo vive como muchos españoles, que tienen su partido político como tienen su equipo favorito, que todo lo que hace está bien y todo lo que hace el otro está mal”.

“Mi hermana es psiquiatra, heredó la vocación de medicina de la familia de mi padre, es mayor que yo y mucho más ordenada, sistemática, en algunos aspectos bastante clásica. En definitiva, somos muy diferentes entre nosotros, pero hemos vivido en un esquema de educación que ha sabido evolucionar para aceptarnos; somos una familia cercana, y creo que ese es en parte el secreto del ejercicio profesional: si no fuera porque tengo una familia cerca dándome apoyo no podría hacer todas esas cosas que hago”.

Aunque las ideas chocaban, en el hogar de Izaskun se respiraba un ambiente de debate sano y abierto que reconoce celebrar haber vivido. Por ejemplo, uno de los primeros temas en los que las ideas claras de Izaskun contrastaban con las de su familia, era la condición de la mujer. “El feminismo no ha cambiado nada. Aún se pueden contar con los dedos de una mano las mujeres que ocupan altos cargos. El sexismo nos rodea desde que nacemos, y es imposible hacer todo la que la sociedad nos pide. Tenemos que cambiar la organización social nosotras, desde abajo, y ocurrirá. No me interesa pensar como un chico, quiero trabajar siendo y pensando como una chica y, más importante todavía, como yo misma. Las mujeres tenemos la tarea de conquistar la libertad, el tacón te lo pones si quieres”.

Pero la rebeldía vivida con naturalidad, afecto y aceptación en familia no fue igual fuera de casa. “No lo pasé mal en el colegio de monjas al que fui, pero era muy consciente de pensar diferente. Allí vi el contraste de lo que se espera de una mujer – la paciencia, el cuidado, valores estereotipados muy positivos, pero que no preparan para todas las posiciones de la sociedad- y de lo que se inculca a los chicos: la valentía, el arrojo, el carácter emprendedor… No podía estar a gusto con eso, desde el primer momento, y aunque nunca fui especialmente problemática (siempre he sido muy estudiosa, muy centrada), sí me mostré beligerante en el sentido de expresar opiniones diferentes, y en cuanto tuve la oportunidad me cambié y fui un colegio muy clásico, donde se confirmó esa diferencia de opinión”.

“Fui al Pilar, y lo disfruté mucho. Yo creía en Dios, por la educación recibida, y era interesante contrastar con toda esa gente que había pasado por la fase del agnosticismo y había vuelto, y estaban tan bien preparados, hablándolo todo de modo tan abierto”.

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Original, contestataria y arquitecta

“De pequeña jugaba mucho con muñecas, pero la mejor parte era la escenificación, a la que podía dedicar horas”

En cuanto a contestataria, también le viene de siempre, con un espíritu que le ha llevado a cuestionar el “esto se ha hecho siempre así”, aunque sin necesidad de perder las formas ni enfadarse con nadie. “Creo que es un ejercicio saludable precisamente empezar a ejercer ese rupturismo con personas a las que quieres. Es positivo, porque te impide caer en la simplificación de los que no piensan como tú. Yo quiero un montón a mis padres, aunque piensan de forma radicalmente diferente a mí. Esas primeras rupturas –generacionales, pero también ideológicas- es bueno vivirlas con gente a la que quieres; te enseña a mimar la controversia, las diferencias de opinión, y también a tratar a la gente que piensa distinto con respeto y afecto”.

Porque nadie que conozca a Izaskun por su obra, o incluso en persona, puede imaginar el entorno en que se crió, tan alejado de su arte rompedor. “La gente se sorprende cuando ve lo que defiendo en ámbitos sociales, políticos o de diseño –recuerda la arquitecta-, pero tuve una educación más o menos tradicional: colegios de monjas y curas; esas cosas, una infancia normal y muy feliz, maravillosa, en una familia relativamente convencional, muy madrileña, muy española y católica”.

Fue ese entorno ‘convencional’, esa atmósfera familiar tradicional la que primero sirvió a Izaskun de ‘campo de pruebas’ de su innato enfrentamiento –pacífico, respetuoso- con lo establecido. “Recuerdo una parte de mi vida en la que mi madre pronosticaba que estaba pasando por un periodo de rebeldía,  pero que se me pasaría y cambiaría. Ahora no te interesan los juegos de té, me decía, pero ya te interesarán, y lo mismo con cosas más importantes como el matrimonio. Luego ha ido viendo que ese tiempo no llegaba, que no cambiaba mi actitud, que lo que llegaban eran cosas muy diferentes a sus expectativas”.

“Mi madre no entendía por qué me comportaba como lo hacía, por qué vestía de forma tan radical. Y ha vivido todo eso pensando que cambiaría. Poco a poco ha ido dándose cuenta de que todo eso forma parte de lo que conoce la gente de mí, que es algo consolidado, y tanto ella como mi padre inician entonces una transición mental suave hacia la aceptación”.

Era la edad del despertar, de salir de noche, en un Madrid vibrante sacudido por el brillo de la Movida. Izaskun tuvo que pelear para salir de noche, esa noche, esa vida noctura de Madrid que, en sus propias palabras, “ha marcado a fuego a la generación a la que pertenezco”.

“Salías de noche y te encontrabas, no sé, a los hermanos Almodóvar o a David Delfín, a gente que luego me he ido encontrando en diversos ambientes. Éramos todos muy libres aunque pensáramos de forma distinta.  Eran esas conversaciones eternas de la noche madrileña con personas de diferentes carreras. De día estabas en tu carrera, en una casilla y durante la noche era donde aparecía esa mezcla inesperada”.