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07-04-2017

    “El tacón te lo pones si quieres”

    El ambiente de contraste ideológico que Izaskun vivió en su juventud, le hizo crecer aceptando y mimando las diferencias.

    La “incertidumbre positiva”, es a lo que Izaskun se refiere cuando habla del eje de su vida como arquitecta, pero también la actitud que ayudó a su madre a criar y a vivir con tres hijos radicalmente diferentes en casa, aceptándolos como son, y creando poco a poco una relación basada en reivindicar la diferencia, pero siempre explicándola y tratándola con afecto.

    “Tengo un hermano pequeño, nueve años menor que yo -una diferencia importante-, con el que jugué muchísimo de pequeña. Trabaja en radio y es una persona muy inteligente, es una delicia hablar con él de política, aunque pensemos de forma completamente diferente. De entrada, no lo vive como muchos españoles, que tienen su partido político como tienen su equipo favorito, que todo lo que hace está bien y todo lo que hace el otro está mal”.

    “Mi hermana es psiquiatra, heredó la vocación de medicina de la familia de mi padre, es mayor que yo y mucho más ordenada, sistemática, en algunos aspectos bastante clásica. En definitiva, somos muy diferentes entre nosotros, pero hemos vivido en un esquema de educación que ha sabido evolucionar para aceptarnos; somos una familia cercana, y creo que ese es en parte el secreto del ejercicio profesional: si no fuera porque tengo una familia cerca dándome apoyo no podría hacer todas esas cosas que hago”.

    Aunque las ideas chocaban, en el hogar de Izaskun se respiraba un ambiente de debate sano y abierto que reconoce celebrar haber vivido. Por ejemplo, uno de los primeros temas en los que las ideas claras de Izaskun contrastaban con las de su familia, era la condición de la mujer. “El feminismo no ha cambiado nada. Aún se pueden contar con los dedos de una mano las mujeres que ocupan altos cargos. El sexismo nos rodea desde que nacemos, y es imposible hacer todo la que la sociedad nos pide. Tenemos que cambiar la organización social nosotras, desde abajo, y ocurrirá. No me interesa pensar como un chico, quiero trabajar siendo y pensando como una chica y, más importante todavía, como yo misma. Las mujeres tenemos la tarea de conquistar la libertad, el tacón te lo pones si quieres”.

    Pero la rebeldía vivida con naturalidad, afecto y aceptación en familia no fue igual fuera de casa. “No lo pasé mal en el colegio de monjas al que fui, pero era muy consciente de pensar diferente. Allí vi el contraste de lo que se espera de una mujer – la paciencia, el cuidado, valores estereotipados muy positivos, pero que no preparan para todas las posiciones de la sociedad- y de lo que se inculca a los chicos: la valentía, el arrojo, el carácter emprendedor… No podía estar a gusto con eso, desde el primer momento, y aunque nunca fui especialmente problemática (siempre he sido muy estudiosa, muy centrada), sí me mostré beligerante en el sentido de expresar opiniones diferentes, y en cuanto tuve la oportunidad me cambié y fui un colegio muy clásico, donde se confirmó esa diferencia de opinión”.

    “Fui al Pilar, y lo disfruté mucho. Yo creía en Dios, por la educación recibida, y era interesante contrastar con toda esa gente que había pasado por la fase del agnosticismo y había vuelto, y estaban tan bien preparados, hablándolo todo de modo tan abierto”.

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